El siguiente paso después del mar fue el campo y las nubes.
Un tema que parece tranquilo y sencillo.
Pero que resultó ser una gran lección de observación y paciencia.
La mayor parte del tiempo la dediqué… a las nubes.

Las nubes no son solo blancas
Aquí llegó otro descubrimiento importante que cambió mi forma de verlas.
👉 Las nubes proyectan sombra unas sobre otras.
👉 Y también se hacen sombra a sí mismas.
Eso significa que las nubes no son blancas.
Necesitan:
- grises,
- tonos fríos,
- a veces cálidos,
- transiciones suaves.
Solo así empiezan a tener volumen.
Solo así dejan de ser manchas planas y se convierten en formas vivas.
Quería que cada nube tuviera su propia presencia, su peso, su lugar en el cielo.



Construir el cielo
Trabajar el cielo fue un proceso largo:
- observar,
- aplicar capas,
- difuminar,
- retirar color,
- alejarme y volver a mirar el conjunto.
Una vez más, los pasteles me enseñaron que:
- el cielo no aparece de golpe,
- todo se construye poco a poco,
- la paciencia es parte de la técnica.
Y fue profundamente absorbente.



El campo, los colores y el camino
Cuando por fin el cielo empezó a respirar, llegó el turno de la parte inferior:
- el campo,
- los colores de la tierra,
- y el camino que conduce hacia el fondo del paisaje.
Aquí volvió el juego de relaciones:
- lo cálido y lo frío,
- lo cercano y lo lejano,
- la profundidad.
Todo empezó a encajar en una escena tranquila y equilibrada.



Calma y otro descubrimiento
Este fue uno z los trabajos más relajantes que he hecho hasta ahora.
Y, al mismo tiempo, otro gran descubrimiento en mi camino con los pasteles.
Cada obra me enseña algo nuevo:
- sobre el material,
- sobre la observación,
- sobre mí dentro del proceso.
Y cada vez tengo más claro que pintar no es solo el resultado final,
sino todo el camino que se recorre para llegar a él.
