Toda mi vida pensé que lo único que sabía dibujar eran figuras geométricas y diagramas matemáticos. Líneas rectas, ángulos, números… todo lo predecible, medible y lógico. ¿El arte? Siempre lo veía como algo que no era para mí.
Hasta que mi hijo empezó a ir a clases de arte.
Yo esperaba en el pasillo y, de vez en cuando, miraba por la ventana hacia el aula de al lado. Allí pintaban personas mayores: tranquilas, concentradas, con una sonrisa suave y esa chispa en los ojos que aparece cuando haces algo con pura alegría. Verlas así, tan metidas en sus colores y en su proceso, despertó en mí una pregunta silenciosa:
“¿Y si yo también pudiera?”
Me di un año. Un año para ver si era solo un impulso o algo más profundo. Un año para comprobar si ese deseo de crear se apagaría.
No se apagó. Al contrario: creció semana tras semana.
Así empezó mi camino con el arte. Desde la curiosidad. Desde la observación. Desde un deseo pequeño, que con el tiempo se volvió imposible de ignorar. Y desde el valor de salirme de mis propios límites – los geométricos y los de la vida.
Hoy sé que el arte no te pregunta si sabes.
Te pregunta si quieres.
Y yo, por fin, dije: sí.