Descubriendo la luz, la sombra y toda la magia del lápiz

Otro paso importante en mi camino artístico llegó cuando Elia colocó delante de mí varios objetos: un recipiente con tapa, una campanita y una taza. Cada uno distinto, con sus curvas, profundidades y formas muy propias. Y me dijo simplemente:

“Dibuja lo que ves.”

Y otra vez pensé:
¿Cómo se supone que voy a hacer esto?

Porque ya no eran frutas.
Eran objetos llenos de curvas, bordes, huecos, reflejos, luces y sombras.
Y yo tenía que captarlo todo… con un lápiz.

Así empezó mi verdadera aventura con la técnica.

Aprendí que dibujar con lápiz no es solo trazar líneas.
Es un baile entre la luz y la sombra.
Es preguntarte constantemente:
¿De dónde viene la luz? ¿Dónde se quiebra? ¿Dónde desaparece?
Es jugar con los tonos, desde el más claro hasta el más oscuro.

Elia siempre dice:

“No hay sombra sin luz.
A veces hay que sacar luces, y otras veces hay que oscurecer.”

Y entonces entendí que dibujar es, ante todo… saber mirar.
Mirar de verdad.
Mirar con paciencia, con detalles, con curiosidad.

Pasé largas horas con esos objetos.
Pensando en cómo mostrar que eran redondeados.
Cómo dibujar la boca de la taza para que tuviera profundidad real.
Cómo hacer que la campanita pareciera tridimensional y no un recorte plano.

Estaba cansada.
Fascinada.
Un poco perdida y, al mismo tiempo, totalmente absorbida.

Hasta que, de pronto… los objetos comenzaron a “respirar”.
Entonces entendí que la luz y la sombra hacen gran parte del trabajo,
y que mi rol es aprender a dialogar con ellas.

Hoy, cuando miro ese dibujo, ya no veo solo objetos.
Veo una versión de mí que aprende a mirar de verdad.
Y una versión que empieza a descubrir un mundo que antes ni siquiera veía.